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Tren desbocado (I)

Tren desbocado (I)

El tren tomó tal velocidad que parecía un borrón recortado violentamente contra el paisaje. Contrastaba con la quietud de las montañas, el luminoso cielo y las cabañas salpicadas por las laderas, aquí y allá. Incluso las alondras y las golondrinas parecían suspendidas en el aire, congeladas en mitad de su vuelo.

El tren constituía una mancha impresionista que mezclaba todos los colores con las luces y las sombras, dando muestras de una vertiginosa celeridad. Parecía desprender chispas; un crepitar de chiribitas que escapaban de la hoguera como una muestra de rebeldía y de lucha por su independencia.

Aquel tren, desbocado, fuera de todo control, se precipitaba hacia un destino incierto y trágico. En su avance iba haciendo acopio de más y más vagones que no hacían sino incrementar sus agresivas oscilaciones, empujándolo al borde del descarrilamiento. Había logrado mantenerse en un equilibrio relativo gracias a que el camino no había planteado obstáculos demasiado complicados, pero…

Cuando alcanzó su punto máximo de velocidad, cuando ningún otro vagón podía engancharse a su cola y el olor a quemado colonizaba los alrededores, el tren se topó con la curva más pronunciada que había enfrentado en su vida. Y, en ese momento, se percató de que sus frenos, la única herramienta que tenía de control, se habían volatilizado. ¿Qué haría ahora?

El tiempo se detuvo. Y pudo ver toda la vida pasar por delante de sí.

Continuará

T.


Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

2 respuestas a «Tren desbocado (I)»

  1. Avatar de digresionesalmargen

    La simbología de la maquinaría, muy acertada.

    Queremos comportarnos como tal, e incluso las máquinas, fabricadas expresamente para el trabajo duro y constante, deben parar.

    A su vez, me recuerda a esas frases manidas que están tan de moda: Hay que seguir. Tu puedes con todo. Aguanta un poco más.

    Pues a lo mejor no, a lo mejor no hay que dejar que se nos añadan vagones sin parar, sin reflexionar, sin ver si queremos tirar de ese vagón, si lo queremos y el que elegimos ayer, ya no. A lo mejor no hay que aguantar, porque aguantar no te hace mejor, no es una necesidad viral para ser más feliz.

    Además, aguantar tiene tantísimos matices que no se tienen en cuenta cuando se plantea que aguantes…

    Y el final irremediable es el descarrilamiento…

    Lo importante es no sentirse pérdida en ese momento, usar el descarrilamiento para ir por otra vía. Porque si no eres una máquina infalible, una quimera aún por inventar, no vales para este sistema y esa vía no es la tuya…

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    1. Avatar de Tania Suárez Rodríguez

      ¡Exacto! Nos autopercibimos como máquinas a las que hay que llevar al extremo, arrastrados por la doctrina del «más, más, más», «continúa, no pares, aguanta un poquito más». El problema es que se ha normalizado esta actitud hasta el punto de considerar algo malo el descansar y parar un poco. Es más, nosotros mismos tejemos una culpabilidad (in)consciente cada vez que necesitamos esa pausa, muchas veces por el bien de nuestra salud.

      Y, como bien dices, la sociedad atrozmente capitalista fomenta este escenario, quiere un rebaño dócil, manejable, consumidor y que priorice el hacer frente al ser. Y en esa dinámica acabamos por perdernos a nosotros mismos y por desconectarnos de nuestra esencia.

      Maravilloso comentario, mil gracias. 🥰🥰❤️❤️

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