El tren tomó tal velocidad que parecía un borrón recortado violentamente contra el paisaje. Contrastaba con la quietud de las montañas, el luminoso cielo y las cabañas salpicadas por las laderas, aquí y allá. Incluso las alondras y las golondrinas parecían suspendidas en el aire, congeladas en mitad de su vuelo.
El tren constituía una mancha impresionista que mezclaba todos los colores con las luces y las sombras, dando muestras de una vertiginosa celeridad. Parecía desprender chispas; un crepitar de chiribitas que escapaban de la hoguera como una muestra de rebeldía y de lucha por su independencia.
Aquel tren, desbocado, fuera de todo control, se precipitaba hacia un destino incierto y trágico. En su avance iba haciendo acopio de más y más vagones que no hacían sino incrementar sus agresivas oscilaciones, empujándolo al borde del descarrilamiento. Había logrado mantenerse en un equilibrio relativo gracias a que el camino no había planteado obstáculos demasiado complicados, pero…

Cuando alcanzó su punto máximo de velocidad, cuando ningún otro vagón podía engancharse a su cola y el olor a quemado colonizaba los alrededores, el tren se topó con la curva más pronunciada que había enfrentado en su vida. Y, en ese momento, se percató de que sus frenos, la única herramienta que tenía de control, se habían volatilizado. ¿Qué haría ahora?
El tiempo se detuvo. Y pudo ver toda la vida pasar por delante de sí.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









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