Hablar de Chantal Maillard para mí es hablar de lo más profundo del espíritu humano, de aquello que no alcanzamos a verbalizar porque las palabras se tornan insuficientes, vacías o recipientes demasiado limitados. La herida en la lengua no es ni mucho menos el primer libro que leo de esta extraordinaria autora, pero sí es uno que me ha tocado especialmente. Quizá por mi propio proceso personal, en este fotograma concreto de mi vida. Tal vez porque cada vez comprendo mejor —sin llegar a hacerlo del todo en realidad— los hilos del pensamiento de Maillard: esa elegante combinación de sabiduría de la vida y de experiencias vitales desgarradoras mezcladas con un vasto conocimiento adquirido y aprehendido de otras culturas, principalmente las orientales, que se dejan sentir en cada verso y en cada palabra de la autora. Inmensa. Increíble. Inefable.
Desde mi desconocimiento —o «conocimiento en construcción», si se prefiere— y basándome sobre todo en lo que esta descomunal obra me ha transmitido, diría que Chantal Maillard intenta transmitir un dolor inarticulado, balbucido, imposible de pronunciar. Un dolor propio, sí, puesto que ella misma ha sufrido el dolor de la enfermedad y de la pérdida de su propio hijo, pero también un dolor universal, compartido y muy humano. Incluso, y esto es quizá de lo que más me ha llamado la atención, un dolor injusto por clasista muchas veces, puesto que al final de la obra Maillard hace un alegato para dirigir nuestra mirada a la realidad de muchas vidas que sufren y parecen no merecer más atención que otras que, por motivos siempre interesados, acaban pasando a un primer plano en la actualidad que satura los informativos de Occidente. Occidente, ese gran gigante que dicta qué dolor y qué sufrimiento nos debe importar y cuál es mejor relegar al más absoluto olvido.
Con cada poema que recoge La herida en la lengua nos adentramos a esa fragmentación que es a veces nuestra mente, en la que no conseguimos dar cuenta de lo que sentimos siguiendo un discurso lógico, puesto que el lenguaje se desvela insuficiente, escaso e incapaz de recoger aquello que muchas veces nos desborda. Limitado para expresar el dolor, sí, pero también testimonio de una sensación de fragilidad, vulnerabilidad e insignificancia. Me atrevo a decir que, al leer esta obra, el lector se vuelve más consciente de la incapacidad propia y del mismo lenguaje para expresar todo lo que habita en su interior y que ese «volverse consciente» de su pequeñez le invita a la reflexión y a abrazar esa incoherencia inherente del ser humano.
Por otro lado, me ha encantado descubrir cómo Maillard compone sus poemas de modo que lo que transmiten —recordemos: la fragmentación interna del pensamiento— queda también dibujado sobre el papel. Los versos se quiebran, se desplazan sobre la página, de deslizan. Se entretejen ideas que van y vienen, que marcan digresiones sin un aparente sentido para luego regresar al punto inicial y acabar dejando en una suerte de suspenso el verso final, como la propia mente, que viaja de un pensamiento a otro sin una lógica racional. Sin un orden claro, sino entregada al caos, a una «ilógica lógica».
También me ha recordado mucho a su obra Hilos de 2007 (que habré leído unas cuatro veces ya), puesto que muchas «no-estructuras» típicas de la autora se repiten en esta obra también. Tengo pendiente su ensayo Husos: notas al margen (2006) que configura su pensamiento y está hermanado con Hilos. Afortunadamente, aunque está descatalogado, he conseguido una copia gracias al servicio de reprografía de la Biblioteca Nacional de España, así que lo podré empezar en breve.
Habría mucho más que decir al respecto de La herida en la lengua y de mi queridísima Chantal Maillard —no puedo negar que es una de mis autoras favoritas—, pero lo voy a dejar aquí para dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.
No me quiero despedir sin antes compartir un descubrimiento que para mí ha sido muy conmovedor y hermoso. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de acudir al espacio de Ámbito Cultural de Callao (Madrid), en el que el profesor y gestor cultural Gonzalo Escarpa entrevistó a una gran poeta, que también acabo de conocer: Piedad Bonnett. La recomiendo encarecidamente.
Aparte de salir llorando de aquel maravilloso evento que detallaré en otra publicación, me enteré de que Chantal Maillard y Piedad Bonnett no solo son dos magníficas poetas, sino que ambas perdieron a sus respectivos hijos del mismo modo. Ambos se llamaban Daniel, ambos se sentían profundamente incomprendidos y sufrían por ello, y ambos decidieron suicidarse. Por avatares de la vida, Maillard conoció la obra de Bonnett, vio su mismo dolor en sus poemas y se puso en contacto con ella. De aquella charla nació la obra conjunta Daniel. Voces en duelo (2020, ISBN 978-84-122439-3-2). Un homenaje hermoso a sus hijos que sin duda será desgarrador, pero que considero esencial para comprender mejor la poesía de ambas artistas.
Como siempre digo: la obra de Chantal Maillard no es sencilla, pero es de esas autoras que hay que leer sí o sí. Se entiende con la intuición, con las tripas, con aquello que está más allá de toda comprensión. Eso, desde mi humilde punto de vista, es admirable y muy difícil de conseguir. Y eso es lo que logra Maillard una y otra vez, con todos y cada uno de sus escritos. Insisto: Inmensa. Increíble. Inefable.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0








