Producir. Hacer. Trabajar. Necesitaba bajarme un instante de esta rueda de hámster para alejarme del ruido y pensar —a pesar del acto de revolución en que se ha convertido ese verbo en los últimos tiempos—; incluso aunque deba luchar contra la resistencia que ejercen los engranajes sociales que hemos ido creando.
Me voy a ir un poquito del tema principal de mi blog, que suele rondar la creación literaria, la literatura o la devoción incondicional a las palabras; aunque al ser un acto creativo el plasmar en letras los pensamientos y al ser este mi espacio personal de libertad de expresión, me lanzo a la piscina. Me gustaría pensar (como principio y como acto revolucionario, claro que sí) en la percepción que aún se tiene a) del trabajo, b) de la necesidad (a veces patológica) de producir y hacer constantemente y c) de la censura social consciente (o no) contra un sujeto que decide saltarse el pacto no verbal de hacer más horas de las que estipula su contrato.
No será este un alegato original, por supuesto, pero sí es un pensamiento que necesitaba poner por escrito porque, sinceramente, no lo entiendo.
A raíz de una conversación informal y de una sucesión de comentarios —en apariencia— inocentes, he llegado a la conclusión de que está mal visto por numerosas personas el hecho de que otras decidan cumplir a rajatabla con su horario laboral.
Es decir, se valora positivamente el quedarse más tiempo de las horas firmadas, el poner a disposición de la empresa el tiempo personal cual buffet libre y el configurar las vidas de forma que el empleado esté 24/7 elevado a infinito con la atención puesta en temas laborales.
Vayamos por partes. Me parece bien todo lo anterior si —solo si— la persona que adopte esa dinámica lo hace por voluntad propia, porque quiere hacerlo y porque es lo que conscientemente desea hacer. Subrayo varias veces lo de «quiere hacerlo» y «conscientemente». Porque a veces nos sentimos obligados por el entorno a adoptar ciertas costumbres que van en contra del sentido común, de la voluntad de la persona y de los principios que esta defiende.
Aquí es donde entra esa censura social que mencionaba antes y que se relaciona con uno de los comentarios que me han traído a esta labor de pensar por escrito: «Tú fíjate: Fulanito de Tal venía a su hora y se iba a “en punto”; no perdonaba ni un minuto. Y, claro, eso…». Para mi sorpresa, la persona que me hizo este comentario dejó la frase en una elipsis difusa. «Y, claro, eso…», ¿qué?
Es decir: mi tiempo es mío, por suerte o por desgracia estoy obligada a vender parte de mi tiempo (de mi vida, en realidad) a una empresa porque de lo contrario no podría subsistir. Pero de ahí a regalarle más de lo que ya le he vendido… Cuando, si nos paráramos a pensarlo, a un elevado porcentaje de la población no le renta (en absoluto) todo el tiempo invertido en su trabajo en relación con el salario percibido. Por no hablar del desgaste físico, mental y emocional que algunos puestos conllevan.
Permitidme la digresión. Yo siempre me he involucrado en las empresas en las que he estado; en algunas, incluso, mucho más de lo razonable. Sin embargo, no merece la pena —y hablo desde la experiencia—, ya que muchas veces pones en juego tu propia salud. Es decir: ¿de verdad compensa ir a trabajar con una crisis de migraña que te impide moverte? ¿O con una gastroenteritis? ¿Y con episodios de endometriosis en los que pierdes el conocimiento por el dolor?
Pues muchas veces, me atrevería a decir que un holgado 90% de la población prefiere no perder el día de trabajo y sacrificar su salud. Y os aseguro que NO MERECE LA PENA. Porque la salud se va perdiendo y en ocasiones queda tan perjudicada que jamás vuelve a ser la misma. Te puedes recuperar en algunos casos, sí, pero si sigues con esa falta de respeto a lo que te pide el cuerpo, la perderás sin remedio.
Vuelvo al tema. Decía que me parece bien que la persona haga más horas de lo que ha firmado si es lo que conscientemente quiere hacer y si con ello no se cae en agravios comparativos. Porque las personas que desean hacer la jornada exacta (las 40 horas semanales o las que sea que tienen acordadas) y ni un minuto más, también tienen todo el derecho del mundo a ser respetadas. Porque tienen vida más allá del trabajo, ya sea porque tienen actividades, eventos, cursos, amigos, familia o porque les apetece estar tirados en el sofá sin hacer nada.
Y todo lo anterior es lícito, comprensible y, por tanto, insisto, debe ser respetado. ¿Por qué se considera mejor persona una que solo piensa en la empresa? Entiendo que lo hagan los autónomos con sus negocios (a los pobres no les queda más opción), pero los trabajadores por cuenta ajena, ¿por qué habrían de hacer más tiempo del que les corresponde? Al fin y al cabo, pocas son las empresas que recompensan (como toca) esas horas complementarias o extras. Muchas te prometen compensarlo con horas y otras ambrosías que, a la larga, no compensan en absoluto o no llegan a materializarse jamás.
Ergo, si cada uno es (relativamente) dueño de su vida, ¿qué motivos hay para criticar cómo gestiona cada uno su tiempo? ¿Por qué si quiero disfrutar del poco rato libre que me deja la sociedad tal cual está configurada, soy objeto de escarnio? Me pregunto dónde quedaron las luchas de nuestros bisabuelos por salarios y jornadas laborales dignas. Se luchaba por 8 horas diarias con la aspiración de seguir reduciéndolas para que la gente disfrutara de su vida y mirad dónde estamos. ¿Realmente somos conscientes de lo efímera que es la vida, de lo poquísimo que dura? ¿No sería mejor aprovechar el poco tiempo libre de que disponemos para hacer aquello que nos hace sentir plenos, dichosos, vivos?
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0








