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Notas al margen

Notas al margen

Me pregunto cuánta gente habrá pensado a lo largo de la historia que no encajaba. Que se sentía una pieza de formas extrañas, diferentes a las del engranaje donde había de acoplarse por una mera cuestión de supervivencia. Imagino que algunos, los más afortunados, habrán tenido la suerte de hallar un grupo donde sentirse arropados y comprendidos, aunque lo único en común sean sus particulares rarezas (lo cual es muy bello, en verdad: la hermosura de un extrañamiento compartido; el abrazo sincero desde lo dispar).

Otros, los menos dichosos, quizá habrán tenido que transitar el camino de la vida con su soledad como única compañera. Una soledad dolorosa, sin duda, puesto que la inevitable necesidad de saberse reconocido —como ser vivo que siente y que precisa de un mínimo de cariño— se ve frustrada ante la actitud de rechazo de quienes repudian lo diferente. ¿Por miedo? ¿Por ignorancia? ¿Por rigidez mental? Quién sabe.

Cada vez conozco más casos de mentes enormes, de talentos inabarcables y de espíritus de una fuerza tan inconmensurable que acaban siendo rechazados y aislados fruto de una profunda incomprensión. Y ese es un pozo muy solitario. Y desgarrador. Incluso para los que amamos pasar tiempo a solas con nosotros mismos, ya que no es lo mismo la soledad impuesta que la soledad elegida (e intermitente). O que la ausencia de presencia, ya puestos. Un «estar sinestando».

Me vienen a la cabeza autores como Sylvia Plath, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Yukio Mishima, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik o Vladímir Mayakovski. O pintores como Van Gogh, Kay Sage, Sonja Sekula o Jeanne Hébuterne. Entre otros muchos nombres de personas que habían sufrido tanto, que el dolor les desbordaba. No todos acabaron con sus vidas, pero sí —posiblemente— con un agujero negro que les devoraba desde dentro.

Por eso…

Me pregunto si algunos no lograrán jamás encajar en ningún puzle y permanecerán como piezas de un rompecabezas que jamás existió. Como objetos únicos, divergentes, que la masa rechaza y a quienes los grupúsculos miran con desdén por no ser del todo «de su rollo». Piezas solitarias, pero fuertes a pesar de todo, vestidas con un profundo anhelo nunca saciado. Piezas que, tal vez, se perderán en los suspiros del tiempo como un aire apenas exhalado.

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Me pregunto si una de las personalidades que me coloniza se halla en esa misma tesitura. Si pretende entrar al Monte Olimpo para brindar con los dioses, pero estos la rechazan, la ignoran y la condenan al ostracismo como una pequeña polilla que les molesta al acercarse a su luz.

Me pregunto, también, si el problema es querer estar entre esos dioses olímpicos cuando se pertenece a un linaje anterior, casi extinto. A una especie que no entiende esa vida de los cielos post-titánicos, sino que pertenece a la profundidad de la tierra, a sus entrañas ardientes, a sus bestias con cuerpo de oscuridad y raíces de barro.

¿Por qué fabricarnos alas de latón para volar hasta amar a Helios, cuyo abrazo nos condenará a muerte, si podemos desnudarnos por completo y volver al vientre de la tierra, donde su calor no discrimina lo extraño, sino que lo ama sin condiciones?

A veces, yo me lo pregunto.

T.


Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

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