Tendemos a pensar que la vida es lineal: empieza en un punto, sigue su curso hasta el siguiente hito y así hasta llegar al final del camino. Posiblemente sea así, pero en la mente no resulta tan claro. En ella hay fragmentos, hay cabriolas, hay flashes. Y en un momento de máxima crisis, todo se mezcla, los vasos comunicantes se saturan e impera el caos.
En ese contexto, el enjambre de personalidades que te habitan lucha por mantener la cordura. Algunas de ellas te dicen «tranquila, vamos a ser racionales». Respiras. Y luego, el temblor, el miedo.
Se produce una absurda suspensión del tiempo. Bullet time en cinemascope.
Te da tiempo a perderte entre digresiones y vuelas hasta Rebecca Solnit y su Recuerdos de mi inexistencia. «Si te pones nerviosa, no te van a tomar en serio y te van a llamar histérica por ser mujer». Comienza la lucha interior entre voces antagonistas, las que actúan según lo que te piden las entrañas y las que lo hacen según los dictados de una razón lógica —y socialmente aceptada— de origen indeterminado.
Vasos comunicantes. Comillas (Cantabria), 10 de septiembre.
El día amanece con resaca. Del miedo, del sentirse ridículo. «Sois unos exagerados, tan solo tiene 40,5º de fiebre. Marchad a casa, que tome paracetamol y beba agua. Venga, adiós». La sensación de abandono es compartida por los cuatro. El miedo y la ira, también.
Parece que el día avanza tranquilo, todos pendientes de sus ojos, de su piel que hace tan solo unas horas era lava. Nos relajamos; seguimos disfrutando del hermoso paisaje norteño y bajamos a dejarnos acariciar por la espuma de un mar asilvestrado que estalla contra las rocas. Sal, humedad, frescor. Y calma.
Sonríe. Bajo la guardia.
Y, entonces, la vida cambia en un instante.
Noche del 10 al 11 de septiembre, 1:55h.
vuelve el temblor, dolor de fuego
tus ojos se pierden los míos
buscan te buscan pero
no estás
tus ojos se pierden mis labios
llaman te llaman pero
no estás
nuestro hilo se interrumpe se
corta se
pierde
te pierdo, ¿dónde
estás?
vuelve abandona
el instante
en que la vida
cambia
Comillas-Madrid, 11 de septiembre.
Se me escapan las palabras entre las garras del miedo. Te miro a los ojos y te encuentro a duras penas, con tu preciosa luz escapando sin remedio. ¿Dónde va? ¿Cómo puedo recuperarla? ¿Qué he de hacer para que estés bien, para borrar ese instante?
Te hablo y mis palabras se resbalan fuera de tus orejas.
Te acaricio y tu piel se vuelve papel vegetal.
Te miro y no encuentro nuestra complicidad, todo se vuelve bruma, todo se derrite en un mal sueño.
Pero no, no lo es. Esto es real.
Te beso, te abrazo, pero solo encuentro fragilidad. Intento tirar de ese hilo que nos une, pero no lo encuentro. Entonces, las lágrimas sin agua. Solo sal. Solo dolor. Y miedo.
Mi mente salta de una imagen a otra, de una emoción a otra. Recuerdo el último libro que leí. Una de esas frases que recogía. «Las mujeres sois solo emoción». ¿Y para qué sirve la razón aquí? ¿Y para qué la emoción? ¿Y para qué nada? Solo importa que se recupere. Que brille de nuevo y sonría y pelee y se enfade y se alegre y… viva.
En el coche vas durmiendo. No dejo de mirarte por el retrovisor. ¿Estarás bien? Pero qué idiota soy, no lo estás. Eres fuerte, pero esto, lo que sea que tienes, te está machacando. Debo controlarme, controlar la ira por cómo (no) nos atendieron, la frustración por no poder hacer nada por ti, el miedo de perderte, la posibilidad de un futuro con un hueco inmenso e inabarcable. Pero calla, Tania.
Llegamos a Madrid.
Es hora de ponerse racional.
T.
Fin de la parte 2.
*
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









Una respuesta a «Crónica de una semana (parte 2)»
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