Cuando el estrés y la ansiedad dominan tu vida, la gente a tu alrededor conoce una versión de ti distorsionada y artificial. Sin apenas percatarte, te muestras irracional, irascible, visceral; tus tendencias y manías se agudizan y se vuelven casi patológicas.
Vives en un tiovivo de emociones, pasando desde la euforia más intensa a llorar de emoción por ver a un cachorro jugar con una pelota. Pasas de estar bien, a gusto, en una aparente calma, a sentir un torbellino que se te agarra al estómago y lo oprime sin piedad por cualquier situación irrisoria que te causa el más mínimo estrés.
Cualquier evento inesperado supone un potente bofetón de angustia que te desestabiliza, como si estuvieras sobre el epicentro del terremoto más incontrolable de la historia, sin absolutamente nada a lo que aferrarte.
Pero quizá eso no es lo peor.

Quizá lo peor es sentir que la gente a tu alrededor no acaba de entender la profundidad de tu malestar.
Que, en esa situación, a veces tus sonrisas son fingidas. Finges para los demás, pero acabas dejándote atrapar por tu propia ficción. «Estoy bien». «Estoy mejor».
Finges, inconscientemente, porque necesitas dibujar una sonrisa de colores que enmascare el gris oscuro casi negro que sientes por dentro. Porque buscas, a veces a tientas y sin saber, una manera de salir de ahí, de ese hoyo.
Sobre todo porque has salido de cosas peores y piensas: «si esto no es para tanto; es una tontería». Pero no lo es. Crees que lo controlas, que controlas ese cóctel de emociones. Y, aun así, cuando estalla, te arrasa por dentro y por fuera.
Te hace daño a ti y a quienes te rodean sin ninguna piedad. Y el miedo te embarga. Si ni tú te soportas, ¿cómo lo harán los demás?
Quizá hablar de ello con naturalidad es un paso importante. Visibilizarlo y hacerlo consciente en lugar de normalizar el estrés y la ansiedad como parte inherente de nuestra vida. Darse cuenta de que la forma de vida que estamos creando sigue unos ritmos poco compatibles con la calma y el equilibrio físico y mental.

Quizá la clave sea empezar por llevar la mirada a uno mismo. Mirar de frente a todo ese maremágnum de emociones y miedos que generan el núcleo de la ansiedad y el estrés. Hacernos amigos del miedo, entenderle, comprenderle y dejar de temer.
O, quizá me equivoco. Al fin y al cabo, solo soy una más remando en un mar embravecido intentando aprender de cada embiste de la tormenta.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









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