Como dije una vez, hay momentos en que la escritura es mi mayor aliada para calmar mi espíritu rebelde o, al menos, darle algo de paz. Sin duda, escribir tiene un efecto terapéutico capaz de suavizar las emociones desbocadas o darles una intensidad creativa, como un bálsamo que calma y regenera. He aquí el producto de uno de esos momentos que ha logrado apaciguar mi fuego interno.
Había vuelto a ocurrir. Se había permitido confiar y ofrecerse voluntariamente para ayudar. Era una tarea menor, sí, pero no dejaba de restar minutos de su fin de semana para regalárselos altruistamente a la empresa a la que con tanta ilusión había pasado a formar parte. Para que vieran su proactividad, esa palabra tan de moda ahora.
Primer aviso: caer en las redes del uso manipulador del lenguaje. «La proactividad es una cualidad positiva en un trabajador porque evidencia una gran profesionalidad». Traducción: «hipoteca tu vida, tu tiempo libre y tu bienestar personal en aras de la empresa y del trabajo, que es lo único que debe importarte».
¿En qué momento renunciar a uno mismo por el trabajo se había normalizado de aquella manera en la sociedad?

Y esa pequeña concesión, ese terreno intangible que es el tiempo propio y libre, era la puerta de entrada a una colonización implacable del tiempo ajeno, de la propia persona, que acababa ensombrecida, casi anulada, por la presunta importancia de las demandas insaciables de su empleador. Él pedía, los demás le daban. Las necesidades de los demás eran indiferentes ante la premura por satisfacer la inmediatez de sus exigencias. Una suerte de neoesclavismo encubierto y aceptado a cambio de una remuneración simbólica.
Como si esa remuneración se tornara en una carta blanca que daba autorización legal a la ocupación de la persona, de su tiempo, de su vida.

Segundo aviso: ese momento en el que pasas a ser considerado una herramienta carente de vida, de actividades ajenas al trabajo o de inquietudes que pongan el foco en cualquier otro horizonte que no sea el de satisfacer los intereses del empleador.
Cuando la inexorable colonización del tiempo avanzaba, aquel conquistador invisible lograba acceder a su subconsciente. Y, de nuevo, aparecía aquella lucha interna. La batalla entre tu voluntad de realizarte como persona y la presunta obligación (a veces autoimpuesta) de estar disponible las 24 horas del día, durante los 7 días de la semana porque, si no, eres un mal trabajador.

La guerra interna se traducía en una sensación de alienación, de falta de pertenencia y, posiblemente lo peor, de rebeldía que desataba una furia irracional. O quizá era racional, pero sin duda era desmedida y casi incontrolable. ¿Por qué debía ceder a los tiránicos deseos de un implacable ladrón del tiempo? Su tiempo era SUYO y de nadie más.
Había llegado un punto en su vida en el que peleaba con uñas y dientes por eso que más le importaba. No consentía que se arrebatara el valor más irremplazable de la vida: el tiempo. Por eso, porque no iba a ceder a la presión y esa colonización silenciosa y aparentemente imparable, decidió que alzaría su voz cuando fuera pertinente, aunque con ella incurriera en un desacato contra su empleador o contra la sociedad misma que había permitido aquellos abusos.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









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