La guerrera alzó su vista para mirar al enemigo a los ojos, pero aquel salvaje llevaba una máscara de shungit, negra y brillante como los ojos de mil demonios, cubriéndole el rostro. Nada revelaba sus facciones, nada delataba su siguiente movimiento; aquel era sin duda el más temible y fuerte de los enemigos de la joven luchadora. Una nube de cálido aliento dibujaba el frío de la noche alrededor de su blanca tez.
La guerrera inspiró despacio, sintiendo cómo cada partícula de aire llenaba su cuerpo y su espíritu de fuerzas renovadas. De repente su armadura parecía más liviana, como una segunda piel que la hacía vibrar con la energía de la batalla. Blandió su katana, retrasando el pie derecho para tener un mejor ángulo de ataque. Apretando la empuñadura de su fiel y afilada compañera, lanzó un grito de guerra y salió corriendo hacia su destino; sólo las diosas sabían si le esperaba la gloria o una muerte certera. Su enemigo imitó cada gesto de la joven, como si de un espejo se tratase; emulaba cada embate, cada mandoble. Las katanas bailaban en una danza destructiva y sin clemencia, silbando como indómitas serpientes en la noche.

Tras horas de ataque y defensa, cuando la extenuación de ambos combatientes era palpable y en el entorno se podía casi acariciar el fragor de la batalla, impreso en el aire, la guerrera se dio cuenta de que no sabía qué más hacer y que todo apuntaba a que aquella era su última batalla. Un nudo se agarró a su estómago, amenazando con hacerla desistir. Rendirse era una opción; a veces la más inteligente para replantear la estrategia, pero…
Ella no sabía rendirse, no quería rendirse, así que tomó aire, cerró los ojos y pidió a las diosas que le dieran valor para su última batalla. Elevó su mirada y de su garganta nació un rugido propio de una tigresa; salió corriendo hacia su contrincante y con un zigzag de su katana esquivó a su enemigo y le asestó un golpe mortal en el abdomen. En ese preciso instante, la antaño inmaculada máscara se resquebrajó en mil pedazos, cayendo lenta e inexorablemente mientras su enemigo hincaba las rodillas en el suelo con un golpe seco. La guerrera cayó también, presa de la fatiga y aún sin creer lo que había pasado.

Lo primero que vio fueron sus ojos, brillantes y fijos en los suyos, con una sombra de sorpresa en ellos. Aquella sonrisa, tan familiar, mostraba un gesto de desafío que se resistía a aceptar la derrota y que la retaba y se burlaba de ella, más allá de toda lógica.
La guerrera estaba atónita: el rostro de su peor enemigo era el suyo mismo. Había acabado con su ego de una vez y por todas.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









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