Su vida había parecido olvidarse del color y se había instalado perezosamente en una paleta de grises testarudos. No siempre había sido así y los ecos de un pasado más colorido solían gritar desde tiempos remotos, tratando de entintar sus días y recuperar así el lugar que siempre les había pertenecido.
Era como si se hubiera olvidado de una parte crucial de sí misma, dando protagonismo a elementos externos y ajenos a ella. Cada día se veía arrastrada por la inercia y la misma tediosa monotonía, interpretando una obra de teatro donde no había margen para la improvisación y todo era exactamente igual, una y otra vez, día tras día. Se veía reflejada en las mortecinas miradas de la gente que se cruzaba por la calle, aunque ellos parecían indiferentes al sufrimiento que a ella le originaba esa monocromía. ¿Era la única en darse cuenta de lo que sucedía?
Se preguntaba dónde había quedado su espíritu soñador, aquel que jugaba a proyectar el País de las Maravillas en cada detalle que poblaba sus días. Solía imaginar la sonrisa infinita de Cheshire en los relojes y su cuerpo rayado enroscándose por las ramas de los árboles. Le gustaba celebrar su no cumpleaños cada vez que se preparaba un té. Los paseos por el parque se llenaban de la luz y el color de su desbordante imaginación; todo lo que veía era susceptible de disparar su creatividad, haciendo que la fantasía la acunara en sus deliciosos brazos.
Y, ahora, aquella grisácea rutina…

A ojos inexpertos parecía una carcasa vacía, sólo habitada parcialmente. Quienes eran más pacientes sabían mirar más allá. Al detenerse y observar con cuidado, lo veían: los rescoldos de un fulgor incandescente que parecía palpitar en su jaula y deseaba expandirse y abarcarlo todo. Con cada latir, la luz y el color luchaban por reconquistar sus dominios, por colmar los sombríos vacíos que había usurpado la Nada.
Y esos rescoldos sabían que aún había esperanza. Porque había algo que daba luz a su espíritu como ninguna otra cosa y era capaz de teñir su vida presente, pasada y futura.
Escribir.
Aquella acción, sencilla y compleja al mismo tiempo, era una fuerza motora, poderosa como la férrea voluntad de mil generaciones de guerreros juntas. Se erigía como una luz abrasadora, que se expandía e inflamaba todo a su paso. Y, cuando prendía, era capaz de iluminar todo su cuerpo y hacerla brillar. Refulgía como labrada en oro, iluminando a todos los que sabían (y querían) mirar.
Y es que, en realidad, su vida no se había teñido de un gris mate. Sólo se había cubierto de una densa capa de polvo que ocultaba su verdadero ser. Había dejado de escribir y sus días lloraron hasta perder el color. La imaginación decidió resguardarse, sabiéndose en peligro y esperando, paciente, a que la luz regresara.

Un día gris, de lluvia apretada y tenaz, salió a la calle sin paraguas. El agua le caló más allá de la ropa hasta llegar a la piel. La ceniza que había echado raíces por su cuerpo comenzó a retorcerse, incómoda, e intentó huir de aquel líquido que la quería extirpar. Mientras, un incipiente cosquilleo en las yemas de los dedos demandaba su atención.
Se detuvo bruscamente, las quejas de la gente quedaron amortiguadas por el sonido de su respiración. Al inhalar, ese fulgor latente en su interior se expandía y le pedía libertad. Al exhalar, notaba cómo se desprendía de apelmazadas capas de polvo que la habían mantenido paralizada demasiado tiempo.
Era el momento. Nada más importaba.
Debía regresar y ponerse a escribir.
T.

Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









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