Hay gente que muere y gente que «se muere». Como un acto de rebeldía o una declaración de principios. Es su manera de demostrar un obstinado rechazo a algo con lo que no están de acuerdo, tengan o no razón. Ella era de las que se morían. Había disfrazado su profunda tristeza de una ira sin límites. Contra los demás, contra sí misma. Contra la mano de cartas que le habían asignado, sobre todo hacia el final de sus días.
Había transformado su cantar en un grito desesperado hacia el vacío. Su voz ya no componía melodías, sino largas letanías de todo aquello que le fue arrebatado. Una familia abundante repleta de nietos. Una vida despreocupada y tranquila. Mil y una ilusiones que había tejido cuidadosamente en su corazón, pero que la realidad se empeñó en desbaratar con esmero. El amor de su vida. El sentido de la misma, sobre todo cuando él se marchó.

Ella era una constante lucha entre las sonrisas y las lágrimas, entre la alegría y la tristeza. Se empeñaba en dirigir la mirada hacia sus ayeres, aunque avanzase con paso firme en sus ahoras. Para ella no existía el futuro, empeñada como estaba en pensar que cualquier pasado era mejor. Tanto, que se perdía su presente, decorado de reproches y anhelos. Incluso aquella vida de vaporosa fantasía que se había imaginado, para ella y los suyos, era infinitamente mejor que la dolorosa realidad.
Vivía de la comparación, con este, con aquel, con la felicidad ficticia de los demás. Se perdía su vida por mirar la de los otros con demasiado celo. No estaba de acuerdo con lo que hacían los suyos, pero aplaudía lo que hacían los demás. Una profunda disconformidad reforzada por una fuerza de voluntad que no hallaba límites.
Su rabia era una vieja amiga que la acompañaba desde hacía tiempo. De cuando las ilusiones fueron perdiendo el color. De cuando la desilusión decidió visitarla y desvestirla de sus deseos. Ella se dejó hacer. Se convirtió en cómplice inconsciente de aquel veneno que destilaba cada desilusión. Se transformó en el roble que partió en dos su tronco por no dejarse combar por el viento. Ella era la personificación del inconformismo más irrefutable. Inflexible, inapelable. No había juez más duro con Ella que ella misma.

Pero, Ella también era amor. Del más puro que te puedas imaginar. De ese que se deshace en abrazos, atenciones y caricias robadas. Que te recubre de algodón, seguridad y una calidez infinita. Ella era sabiduría ancestral, atávica, enigmática. Una poderosa hechicera que escondía en lo más profundo una intuición indefectible, pura, auténtica. Sin embargo, todo ese potencial estaba encerrado en lo más profundo de ella. Tal vez ni siquiera fuera consciente de que lo tenía.
Pero nosotras sí lo percibíamos. De vez en cuando se dejaba ver, cuando Ella se descuidaba. Cuando estaba atenta a nimiedades carentes de importancia. Tenía momentos de absoluta lucidez que nos deslumbraban, cegaban toda razón e iluminaban la esencia de la vida. Verlos era volver a creer en la magia, en las hadas que abrazan a los corazones y los rellenan de ilusión.
Ella era Oscuridad y Luz en una batalla constante. Pero nunca supo ver esa infinita hoguera que ardía, vigorosa, en su corazón. Se empeñó en ver las sombras que dibujaba su luz a lo largo del suelo. Tal vez no comprendía su potencial. Tal vez lo temía. Tanto, que se marchó convencida de ser solo Oscuridad. Incapaz de abrazar sus luces y sus sombras.
Ella era fuerza, coraje y resiliencia. Ella era sabiduría, pasión y amor. Ella era mi abuela. Se murió por voluntad propia, harta de decepciones y para demostrarle a la vida que ella tendría la última palabra. Pero no se dio cuenta de algo importante.

A pesar de que se cansó de luchar, de que se le desgastaron las fuerzas tras perder aquella mirada de ojos verdes y piel morena… A pesar de que no logró encontrarle sentido a vivir solo a medias… No se dio cuenta de que su sangre lleva(ba) su impronta, su esencia. Que, aunque ella creyera no tener fuerzas, su esencia seguía intacta en nosotras. Una sangre que guardaba celosamente generaciones de mujeres valientes y luchadoras. Nosotras quisimos recordarle que aún existían infinitos motivos para seguir, pero Ella quiso mantener su genio intacto. Hasta el final.
Sin embargo, aunque acabó saliéndose con la suya y se marchó, nos legó su esencia. Una fuerza que nos recorre por dentro; nos alimenta, nos cuida y nos enseña. Ella sigue viva, aunque no la podamos ver.
Mi abuela, mi bruja, sigue conmigo, con nosotras. Y ahora sí es capaz de ver que su esencia es pura Luz.
T.
*Dedicado a mi abuela, Tata, y al gran amor de su vida: mi abuelo, Pepe. Os querré siempre.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0









Deja un comentario