Me enfrento al papel en blanco de esta libreta que lleva eones encerrada en un cajón. Me mira con desdén, como si estuviera ofendida por haberla condenado a la prisión del olvido, allí, entre los demás artilugios de oficina. Mis ojos buscan su perdón, sumisa, pero ella me castiga con el más absoluto y cruel bloqueo escritor. Una sequía dolorosa y lacerante, sin ninguna piedad. Así que sigo sentada frente a sus severas hojas en blanco, sumergida en sus profundidades.
Decido pasear mi atención por aquella habitación, tan atestada de libros, cómics y de un pasado congelado en mil recuerdos que me pregunto qué lugar ocupo yo en ella. De repente, algo se cae de la estantería más alejada, rompiendo el silencio y la quietud de la estancia. Capta mi atención, por supuesto, así que me giro para buscar el objeto que ha osado interrumpir mi momento de agresiva intimidad con la libreta.

Era mi monstruo de peluche.
De pelaje rojo, colmillos afilados, cadenas de plástico desgastado y una cresta de color verde luminoso. El único juguete que había logrado sobrevivir a las manos de una niña que destrozaba todo cuanto caía en ellas. El único peluche que había conseguido un lugar de honor en mi presente. Observo los ojos, amarillos con vetas carmesí, nevados por años de polvo acumulado. Su mirada opaca y vacía se me engancha en las entrañas, recordándome que antes éramos inseparables y que ahora le he desterrado a un rincón de la habitación. O tal vez a un rincón de mi vida. Le abrazo, como si con aquel gesto pudiera redimirme y buscar su perdón. El suyo, el de la niña que fui, el de un pasado que pretendía olvidar.
Me llevo al monstruo-peluche a la mesa, junto a la libreta. Contemplo a uno y a la otra, ambos devolviéndome miradas acusadoras. La del peluche, preñada de melancolía; la de la libreta, saturada de rabia. «Nos olvidas y luego pretendes que te perdonemos sin más», parecen decir. Percibo el sutil escozor que precede al llanto; arde en mis ojos con intensidad para invocar así al suave bálsamo de las lágrimas.
—Lo siento… —logro articular con voz quebrada.
Dejo que mi cabeza se desplome sobre el pecho, una clara muestra de rendición. Se desata un aluvión que nace de un pasado que no he logrado superar, de aquel abandono inmerecido que ahora yo inflijo a quienes me rodean. El descubrirme igual que quien me ignoró hace años me hace sentir deleznable y un nudo añejo, ponzoñoso, perfora lo más hondo de mi vientre.
—Lo siento… —repito en un susurro.
Cuando logro descorrer las cortinas de mis ojos, veo de nuevo la libreta y el peluche. Las lágrimas han empapado las hojas, combando su cuerpo de papel, como si fueran ampollas tumefactas. El velo de polvo que cubría al peluche se ha desecho, convirtiendo sus ojos en dos soles amarillos resplandecientes.
Algo ha cambiado entre nosotros; un nudo invisible se ha deshilachado. Los tres sonreímos compartiendo miradas cómplices.
Cojo el bolígrafo que dormía junto a la libreta y empiezo a escribir. La sequía por fin ha terminado.
T.
Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0








