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De la toma de decisiones

De la toma de decisiones

¿Tenemos derecho real a cambiar de opinión? ¿Podemos decidir dejar de hacer algo sin que nos tilden de «poco comprometidos, «indolentes» o, incluso, «chaqueteros»?

No hablo de política, aunque el tema es extrapolable a ese y a cualquier otro ámbito social. Hablo del individuo como sujeto que toma decisiones, desde las más triviales hasta las más trascendentes que pueden repercutir en la gente a su alrededor. Pero, vayamos por partes.

Tomemos por caso una persona que quiere estudiar un grado universitario X. Le encantan los contenidos, las asignaturas son atractivas y las salidas profesionales auguran un futuro prometedor. Así que, nuestro sujeto decide matricularse y comienza sus estudios. Sin embargo, cuando finaliza el segundo año, se da cuenta de que, en realidad, el grado no es lo que esperaba: las materias son superficiales, no hay un programa claro y siente que sus objetivos académicos no se están cumpliendo. ¿Debería continuar hasta conseguir el título, ya que está a mitad del recorrido, o carece de sentido seguir cuando lo que hace no le convence?

Aquí es donde viene el dilema: la decisión de cursar esa carrera ha sido suya, pero se ha dado cuenta de que no le gusta y que está invirtiendo el tiempo en algo que no quiere hacer. ¿Diríamos que esta persona «ha abandonado sus estudios» o que «ha decidido no seguir adelante para reconducir su futuro»?

La pregunta anterior es clave, porque el matiz es diametralmente opuesto.

La primera respuesta tiene una connotación negativa: si pensamos que nuestro sujeto de estudio «ha abandonado», le estamos juzgando y criticamos su decisión —aunque lo hagamos de forma inconsciente—. Tal vez consideremos que, una vez tomada una decisión, hay que ir hasta el final y asumir las consecuencias.

Pero, ¿de verdad hay que ir hasta el final? ¿De verdad tenemos que «apechugar»? Porque diría que un ser humano tiene derecho a equivocarse. Que una vez se equivoca, aprende de sus errores, crece y madura. Sin embargo, aceptar ese «seguir adelante con la decisión tomada» no da margen al crecimiento ni al aprendizaje, enseña, más bien, un conformismo nocivo. No otorga libertad, no permite evolucionar, adaptarse ni aprender para tomar mejores decisiones, sino que se está asumiendo un rol pasivo donde el sujeto en cuestión simplemente se deja llevar. Se establece así la creencia de que tomar una decisión poco acertada implica un castigo de por vida y que, además, cambiar de decisión es ser poco consecuente con uno mismo.

Por otro lado, si respondemos lo segundo, es decir, que nuestro sujeto «ha decidido no seguir adelante para reconducir su futuro», la clave y la fuerza residen en «decidir». En este caso, existe una connotación positiva, ya que se percibe su decisión como una oportunidad de crecimiento y de voluntad activa de cambio. No existe conformismo, ni pasividad, sino adaptabilidad y un mayor criterio de decisión basado en la experiencia.

Este ejemplo se repite cada día en multitud de escenarios distintos: un libro que no nos atrevemos a abandonar, un puesto de trabajo que nos estresa, un proyecto en el que continuamos aunque no era lo que habíamos imaginado, incluso relaciones (familiares, de amistad o románticas) que no funcionan y que tendemos a prolongar únicamente por compromiso.

En lugar de hacer balance, reflexionar y optar por un cambio de rumbo, muchas veces se tiende al argumento de que «hay que asumir las consecuencias de tus decisiones». Ya sea una creencia heredada o autoimpuesta, seguir adelante con una decisión con la que no se está de acuerdo no significa ser fiel a uno mismo, todo lo contrario: es traicionar lo que en verdad queremos hacer. Tampoco es un rasgo de fortaleza, sino más bien de cabezonería o, incluso, soberbia por no reconocer que nos hemos equivocado. Si llega un momento en que la decisión que tomamos en el pasado deja de ser acertada, optar por cambiarla no supone un fracaso. Se trata de un acto de responsabilidad y consciencia, de reorganizar prioridades y aprender sobre uno mismo.

Por tanto, decidir no seguir no significa abandonar o no ser fiel a nuestra palabra. Decidir no seguir significa tomar una decisión activa, libre y voluntaria de escoger un camino diferente al seleccionado con anterioridad.

Tenemos derecho a equivocarnos, a darnos cuenta de nuestro error y a decidir cambiar de opinión. Nadie debería juzgar la ruta que alumbramos al crear nuestro camino. Los errores son necesarios y positivos, siempre y cuando seamos conscientes de ellos y seamos capaces de tomarlos como una lección para decidir con más perspicacia. Ya lo dijo el poeta y traductor Alexander Pope: «errar es de humanos, (…) rectificar es de sabios».

T.


Con las manos en las letras © 2023 by Tania Suárez Rodríguez is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

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